A Agustín Ibarrola

Pues bien, hablando en vasco, es decir, sin engaños,
saludo tu pintura
directa y fresca, brusca como los adelantos
que de tanto me curan.
Saludo el violento sentido consagrado
de nuestra metalurgia
y los hechos obreros que tú pones en alto
contra la fuerza oscura.
Saludo la evidencia como saludo el canto
que grita y no murmura.
Aquí están ordenadas las fuerzas del trabajo,
aquí el hombre que muda los valores reales,
no la Bolsa bailando, abstracta en su locura.
Estos hombres que pintas, reales y compactos,
como la luz es dura,
como el cuerpo recorta su volumen y el acto
directo en una pura
emergencia del hecho dado por cotidiano,
devuelven la luz diurna.
Aquí están. Tú los muestras. Sencillos. Siempre en alto.
Y su ser es denuncia.


A Andrés Basterra

Andrés, aunque te quitas la boina cuando paso
y me llamas «señor», distanciándote un poco.
reprobándome —veo— que no lleve corbata,
que trate falsamente de ser un tú cualquiera,
que cambie los papeles —tú por tú, tú barato—,
que no sea el que exiges —el amo respetable
que te descansaría—,
y me tiendes tu mano floja, rara, asusta
como un triste estropajo de esclavo milenario,
no somos dos extraños.
Tus penas yo las sufro. Mas no puedo aliviarte
de las tuyas dictando qué es lo justo y lo injusto.

No sé si tienes hijos.
No conozco tu casa, ni tus intimidades.
Te he visto en mis talleres, día a día, durando,
y nunca he distinguido si estabas triste, alegre,
cansado, indiferente, nostálgico o borracho.
Tampoco tú sabías cómo andaban mis nervios,
ni que escribía versos —siempre me ha avergonzado—,
ni que yo y tú, directos,
podíamos tocarnos, sin más ni más, ni menos,
cordialmente furiosos, estrictamente amargos,
anónimos, fallidos, descontentos a secas,
mas pese a todo unidos como trabajadores.

Estábamos unidos por la común tarea,
por quehaceres viriles, por cierto ser conjunto,
por labores sin duda poco sentimentales
—cumplir este pedido con tal costo a tal fecha;
arreglar como sea esta máquina hoy mismo—
y nunca nos hablamos de las cóleras frías,
de los milagros machos,
de cómo estos esfuerzos serán nuestra sustancia,
y el sueldo y la familia, cosas vanas, remotas,
accesorias, gratuitas, sin último sentido.
Nunca como el trabajo por sí y en sí sagrado
o sólo necesario.

Andrés, tú lo comprendes. Andrés, tú eres un vasco.
Contigo sí que puedo tratar de lo que importa,
de materias primeras,
resistencias opacas, cegueras sustanciales,
ofrecidas a manos que sabían tocarlas,
apreciarlas, pesarlas, valorarlas, herirlas,
orgullosas, fabriles, materiales, curiosas.
Tengo un título bello que tú entiendes: Madera,
Pino rojo de Suecia y Haya brava de Hungría,
Samanguilas y Okolas venidas de Guinea,
Robles de Slavonía y Abetos del Mar Blanco,
Pinoteas de Tampa, Mobile o Pensacola.

Maderas, las maderas humildemente nobles,
lentamente crecidas, cargadas de pasado,
nutridas de secretos terrenos y paciencia,
de primaveras justas, de duración callada,
de savias sustanciadas, felizmente ascendentes.
Maderas, las maderas buenas, limpias, sumisas,
y el olor que expandían,
y el gesto, el nudo, el vicio personal que tenían
a veces ciertas rollas,
la influencia escondida de ciertas tempestades,
de haber crecido en esta, bien en otra ladera,
de haber sorbido vagas corrientes aturdidas.

Hay gentes que trabajan el hierro y el cemento;
las hay dadas a espartos, o a conservas, o a granos,
o a lanas, o a anilinas, o a vinos, o a carbones;
las hay que sólo charlan y ponen telegramas
mas sirven a su modo;
las hay que entienden mucho de amiantos o de grasas,
de prensas, celulosas, electrodos, nitratos;
las hay, como nosotros, dadas a la madera,
unidas por las sierras, los tupis, las machihembras,
las herramientas fieras del héroe prometeico
que entre otras nos concretan
la tarea del hombre con dos manos, diez dedos.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tal la forma de asalto del amor de la nuestra,
la tuya, Andrés, la mía.
Tal la oscura tarea que impone el ser un hombre.
Tal la humildad que siento. Tal el peso que acepto.
Tales los atrevidos esfuerzos contra un mundo
que quisiera seguirse sin pena y sin cambio,
pacífico y materno,
remotamente manso, durmiendo en su materia.
Tales, tercos, rebeldes, nosotros, con dos manos,
transformándolo, fieros, construimos un mundo
contra naturaleza, gloriosamente humano.

Tales son los oficios. Tales son las materias.
Tales son las dos manos del hombre, no ente abstracto.
Tales son las humildes tareas que precisan
la empresa prometeica.
Tales son los trabajos comunes y distintos;
tales son los orgullos, las rabias insistentes,
los silencios mortales, los pecados secretos,
los sarcasmos, las llamas, los cansancios, las lluvias;
tales las resistencias no mentales que, brutas,
obligan a los hombres a no explicar lo que hacen;
tales sus peculiares maneras de no hablarse
y unirse, sin embargo.

Mira, Andrés, a los hombres con sus manos capaces,
con manos que construyen armarios y dínamos,
y versos y zapatos;
con manos que manejan furiosas herramientas,
fabrican, eficaces, tejidos, radios, casas,
y otras veces se quedan inmóviles y abiertas
sobre ese blanco absorto de una cuartilla muerta.
Manos raras, humanas;
manos de constructores, manos de amantes fieles
hechas a la medida de un seno acariciado;
manos desorientadas que el sufrimiento mueve
a estrechar fuertemente, buscando la una en la otra.

Están así los hombres
con sus manos fabriles o bien sólo dolientes,
con manos que a la postre no sé para qué sirven.
Están así los hombres vestidos, con bolsillos
para el púdico espanto de esas manos desnudas
que se miran a solas, sintiéndolas extrañas.
Están así los hombres y, en sus ojos, cambiadas,
las cosas de muy dentro con las cosas de fuera,
y el tranvía, y las nubes, y un instinto —un hallazgo—,
todo junto, cualquiera,
todo único y sencillo, y efímero, importante,
como esas cien nonadas que pasan o no pasan.

Mira, Andrés, a los hombres, ya sentados, ya andando,
tan raros si nos miran seriamente callados,
tan raros si caminan, trabajan o se matan,
tan raros si nos odian, tan raros si perdonan
el daño inevitable,
tan raros que si ríen nos enseñan los dientes,
tan raros que si piensan se doblan de ironía.
Mira, Andrés, a estos hombres.
Míralos. Yo te miro. Mírame si es que aguantas.
Dime que no vale la pena de que hablemos,
dime cuánto silencio formó tu ser obrero,
qué inútilmente escribo, qué mal gusto despliego.

Mira, Andrés, cómo estamos unidos pese a todo,
cómo estamos estando, qué ciegamente amamos.
Aunque ya las palabras no nos sirven de nada,
aunque nuestras fatigas no puedan explicarse
y se tuerzan las bocas si tratamos de hablarnos,
aunque desesperados,
bien sea por inercia, terquedad o cansancio,
metafísica rabia, locura de existentes
que nunca se resignan, seguimos trabajando,
cavando en el silencio,
hay algo que conmueve y entiendes sin ideas
si de pronto te estrecho febrilmente la mano.

La mano, Andrés. Tu mano, medida de la mía.


A Amparitxu,
así en la tierra como en la Magia

(Los espejos transparentes - 1968)

Me dirán, ya lo sé, que soy un decadente
cuando lean los versos más de viejo que de loco
que expongo en esta luz como en el fijo espanto.
¡Mas tanto he caminado! Tengo derecho a un alto.

Yo tengo mis poemas, mi Amparo y mi misterio.
Poco entiendo si trato de ver algo allí fuera;
pero todo lo entiendo, real en el secreto
y en el calor chiquito y en el dolor de un tiempo.

Amparo, desembocan los ríos de mis versos
en tus ojos parados, terriblemente abiertos,
y en el misterio cierto del amor y el suspendo.
¡Amor, tan sólo amor! ¿Qué importa ahora la rima?

Te quiero. Me recrezco. Tú enriqueces mi vida.
Amar es no soñar según lo que se espera
y ver cómo es milagro la luz de cada día:
Milagro y amenaza, descubrimiento loco.

Doblez que algo promete, terror que compromete,
lucha que desafía y apuesta con la muerte.
Donde menos se espera, surge y da, golpe, el alto
la sorpresa que deja mi corazón parado.

Donde más, sólo queda pensar en el pasado.
Donde menos y más, mi Amparitxu tú estás
bellamente callada, sonriendo en Esfinge,
como si tú tuvieras en la mano ese As
de un palo que no existe. Ya sé; me ganarás.


A Blas de Otero

Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes,
y porque el mundo existe, y yo también existo,
porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo,
gastando nuestras vueltas como quien no hace nada,
quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo
de este dolor que insiste en todo lo que existe.

Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse:
El semillero hirviente de un corazón podrido,
los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
los días cualesquiera que nos comen por dentro,
la carga de miseria, la experiencia —un residuo—,
las penas amasadas con lento polvo y llanto.

Nos estamos muriendo por los cuatro costados,
y también por el quinto de un Dios que no entendemos.
Los metales furiosos, los mohos del cansancio,
los ácidos borrachos de amarguras antiguas,
las corrupciones vivas, las penas materiales...
todo esto —tú sabes—, todo esto y lo otro.

Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.
La llama que nos duele quería ser un ala.
Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,
sabes también por dentro de una angustia rampante,
de poemas prosaicos, de un amor sublevado.

Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:
ese mugido triste del mar abandonado,
ese temblor insomne de un follaje indistinto,
las montañas convulsas, el éter luminoso,
un ave que se ha vuelto invisible en el viento,
viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.

Con los cuatro elementos de la sangre, los huesos,
el alma transparente y el yo opaco en su centro,
soy el agua sin forma que cambiando se irisa,
la inercia de la tierra sin memoria que pesa,
el aire estupefacto que en sí mismo se pierde,
el corazón que insiste tartamudo afirmando.

Soy creciente. Me muero. Soy materia. Palpito.
Soy un dolor antiguo como el mundo que aún dura.
He asumido en mi cuerpo la pasión, el misterio,
la esperanza, el pecado, el recuerdo, el cansancio,
Soy la instancia que elevan hacia un Dios excelente
la materia y el fuego, los latidos arcaicos.

Debo salvarlo todo si he de salvarme entero.
Soycoral,soymuchacha,soysombrayairenuevo,
soyeltordoenlazarza,soylaluzeneltrino,
soyfuegosinsustancia,soyespacioenelcanto,
soyestrella,soytigre,soyniñoysoydiamante
queproclamanyexigenquemehagaDiosconellos.

¡Sifuerayoquiensufre!¡SifueraBlasdeOtero!
¡Sisólofueraunhombrepequeñitoquemuere
sabiendoloquesabe,pesandoloquepesa!
Maseselmundoenteroquienseexaltaennosotros
yesunaviejahistorialoqueaquídesemboca.
Serhombrenoesserhombre.Serhombreesotracosa.

Invocoalosamantes,losmártires,loslocos
quesalendesímismosbuscándosemásaltos.
Invocoalosvalientes,loshéroes,losobreros,
loshombrestrabajadosqueduramenteaguantan
ydíaadíaganansupan,maspidenvino.
Invocoalosdolidos.Invocoalosardientes.

Invocoalos que asaltan, hiriéndose, gloriosos,
la justicia exclusiva y el orden calculado,
las rutinas mortales, el bienestar virtuoso,
la condición finita del hombre que en sí acaba,
la consecuencia estricta, los daños absolutos.
Invoco a los que sufren rompiéndose y amando.

Tú también, Blas de Otero, chocas con las fronteras,
con la crueldad del tiempo, con límites absurdos,
con tu ciudad, tus días y un caer gota a gota,
con ese mal tremendo que no te explica nadie.
Irónicos zumbidos de aviones que pasan
y muertos boca arriba que no, no perdonamos.

A veces me parece que no comprendo nada,
ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.
Lo real me resulta increíble y remoto.
Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.
Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto,
desprendido y sin peso, por lúcido ya loco.

Detrás de cada cosa hay otra cosa que es la misma,
idéntica y distinta, real y a un tiempo extraña.
Detrás de cada hombre un espejo repite
los gestos consabidos, mas lejos ya, muy lejos.
Detrás de Blas de Otero, Blas de Otero me mira,
quizá me da la vuelta y viene por mi espalda.

Hace aún pocos días caminábamos juntos
en el frío, en el miedo, en la noche de enero
rasa con sus estrellas declaradas lucientes,
y era raro sentirnos diferentes, andando.
Si tu codo rozaba por azar mi costado,
un temblor me decía: «Ese es otro, un misterio.»

Hablábamos distantes, inútiles, correctos,
distantes y vacíos porque Dios se ocultaba,
distintos en un tiempo y un lugar personales,
en las pisadas huecas, en un mirar furtivo,
en esto con que afirmo: «Yo, tú, él, hoy, mañana»,
en esto que separa y es dolor sin remedio.

Tuvimos aún que andar, cruzar calles vacías,
desfilar ante casas quizá nunca habitadas,
saber que una escalera por sí misma no acaba,
traspasar una puerta —lo que es siempre asombroso—,
saludar a otro amigo también raro y humano,
esperar que dijeras —era un milagro—: Dios al fin escuchaba.

Todo el dolor del mundo le atraía a nosotros.
Las iras eran santas; el amor, atrevido;
los árboles, los rayos, la materia, las olas,
salían en el hombre de un penar sin conciencia,
de un seguir por milenios, sin historia, perdidos.
Como quien dice «sí», dije Dios sin pensarlo.

Y vi que era posible vivir, seguir cantando.
Y vi que el mismo abismo de miseria medía
como una boca hambrienta, qué grande es la esperanza.
Con los cuatro elementos, más y menos que hombre,
sentí que era posible salvar el mundo entero,
salvarme en él, salvarlo, ser divino hasta en cuerpo.

Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;
te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;
pensando que soy bueno, mordiéndome las uñas,
con este yo enconado que no quiero que exista,
con eso que en ti canta, con eso en que me extingo
y digo derramado: amigo Blas de Otero.


A Pablo Neruda

Te escribo desde un puerto.
La mar salvaje llora.
Salvaje, y triste, y solo, te escribo abandonado.
Las olas funerales redoblan el vacío.
Los megáfonos llaman a través de la niebla.
La pálida corola de la lluvia me envuelve.
Te escribo desolado.

El alma a toda orquesta,
la pena a todo trapo,
te escribo desde un puerto con un gemido largo.
¡Ay focos encendidos en los muelles sin gente!
¡Ay viento con harapos de música arrastrada,
campanas sumergidas y gargantas de musgo!
Te escribo derrotado.

Soy un hombre perdido.
Soy mortal. Soy cualquiera.
Recuerdo la ceniza de su rostro de nardo,
el peso de tu cuerpo, tus pasos fatigosos,
tu luto acumulado, tu montaña de acedia,
tu carne macilenta colgando en la butaca,
tus años carcelarios.

Caliente y sudorosa,
obscena, y triste, y blanda,
la butaca conserva, femenina, aquel asco.
La pesadumbre bruta, la pena sexual, dulce,
las manchas amarillas con su propio olor acre,
esa huella indecente de un hombre que se entrega,
lo impúdico: tu llanto.

Viviendo, viendo, oyendo,
sucediéndote a ciegas,
lamiendo tus heridas, reptabas por un fango
de dulces linfas gordas, de larvas pululantes,
letargos vegetales y muertes que fecundan.
Seguías, te seguías sin vergüenza, viviendo,
¡oh blando y desalmado!

Tú, cínico, remoto,
dulce, irónico, triste;
tú, solo en tu elemento, distante y desvelado.
No era piedad la anchura difusa en que flotabas
con tu sonrisa ambigua. Fluías torpemente,
pasivo, indiferente, cansado como el mundo,
sin un yo, desarmado.

Estaciones, transcursos,
circunstancias confusas,
oceánicos hastíos, relojes careados,
eléctricos espartos, posos inconfesables,
naufragios musicales, materias espumosas
y noches que tiritan de estrellas imparciales,
te hicieron más que humano.

Allí todo se funde.
Los objetos no objetan.
Liso brilla lo inmenso bajo un azul parado
y en las plumas sedantes la luz del mundo escapa,
sonríe, tú sonríes, remoto, indiferente,
bestial, grotesco, triste, cruel, fatal, adorado
como un ídolo arcaico.

Sin intención, sin nombre,
sin voluntad ni orgullo,
promiscuo, sucio, amable, canalla, nivelado,
capaz de darte a todo, común, diseminabas
podrido las semillas amargas que revientan
en la explosión brillante de un día sin memoria.
No eras ni alto ni bajo.

La doble ala del fénix:
furor, melancolía,
el temblor luminoso de la espira absorbente;
la lluvia consentida que duerme en los pianos;
las canciones gangosas lentamente amasadas;
los ojos de paloma sexuales y difuntos;
cargas opacas; pactos.

Caricias o perezas,
extensiones absortas
en donde a veces somos tan tercamente abstractos
y otras veces los pelos fosforecen sexuales,
y fría, dulce, ansiosa, la lisa piel de siempre,
serpiente, silba, sorbe y envuelve en sus anillos
un triste cuerpo amado.

No hay clavo último ardiendo,
no hay centro diamantino,
no hay dignidad posible cuando uno ha visto tanto
y está triste, está triste, sencillamente triste,
se entrega atribulado y en lo efímero sabe
ser otro con los otros, de los otros, en otros:
seguir, seguir flotando.

¡Oh inmemorial, oh amigo
amorfo, indiferente!
Deslizándote denso de plasmas milenarios,
tardío, legamoso de vidas maceradas,
cubierto de amapolas nocturnas, indolente,
por tu anchura sin ojos ni límites, acuosa,
te creía acabado.

Mas hoy vuelves, proclamas,
constructor, la alegría;
te desprendes del caos; determinas tus actos
con voluntad terrena y aliento floral, joven.
Ni más ni menos que hombre, levantas tu estatua,
recorres paso a paso tu más acá, lo afirmas,
llenas tu propio espacio.

Los jóvenes obreros,
los hombres materiales,
la gloria colectiva del mundo del trabajo
resuenan en tu pecho cavado por los siglos.
Los primeros motores, las fuerzas matinales,
la explotación consciente de una nueva esperanza
ordenan hoy tu canto.

Contra tu propia pena,
venciéndote a ti mismo,
apagando, olvidando, tú sabes cuánto y cuánto,
cuánta nostalgia lenta con cola de gran lujo,
cuánta triste sustancia cotidiana amasada
con sudor y costumbres de pelos, lluvias, muertes,
escuchas un mandato.

          Y animas la confianza
          que en ti quizá no existe;
te callas tus cansancios de liquen resbalado;
te impones la alegría como un deber heroico.
¡Por las madres que esperan, por los hombres que aún ríen,
debemos de ponernos más allá del que somos,
sirviéndolos, matarnos!

          Con rayos o herramientas,
          con iras prometeicas,
con astucia e insistencia, con crueldad y trabajo,
con la vida en un puño que golpea la hueca
cultura de una Europa que acaricia sus muertos,
con todo corazón que, valiente, aún insiste,
del polvo nos alzamos.

          Cantemos la promesa,
          quizá tan solo un niño,
unos ojos que miran hacia el mundo asombrados,
mas no interrogan; claros, sin reservas, admiran.
¡Por ellos combatimos y a veces somos duros!
¡Bastaría que un niño cualquiera así aprobara
para justificarnos!

          Te escribo desde un puerto,
          desde una costa rota,
desde un país sin dientes, ni párpados, ni llanto.
Te escribo con sus muertos, te escribo por los vivos,
por todos los que aguantan y aún luchan duramente.
Poca alegría queda ya en esta España nuestra.
Mas, ya ves, esperamos.


A Raimón

Larga es la noche, nos canta
desgarrándose Raimon.
Larga es la noche, muy larga,
pero es terco el corazón.
Viviremos en los otros
y moriremos en paz.
Cuando nadie nos recuerde,
lo que fuimos, durará.
Las palabras que olvidamos en el viento,
hacia la mar. moverán mil corazones,
serán sin yo, inmensidad.
Aquí en la tierra, en la dulce
tierra de nunca acabar,
un latido innominado
seguirá y nos salvará.
Pero hay que seguir, seguir
y hay que luchar y luchar,
y cantar como tú cantas
buscando la libertad.


Aprende a tragar

Té dirán: «Hay que pensar.»
Y tu no comerás,
sólo rumiarás.
 
Rumiarás el pensamiento
de las mil que te dan.
Y al fin, devolverás.
 
Devolver las que te dan
sin digerir, no es pensar.
Es tan sólo vomitar.


Biografía

No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika?
¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.
¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.
No seas tan loco.
Sé educado.
Sé correcto.
No bebas.
No fumes.
No tosas.
No respires.
¡Ay, sí, no respirar!
Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.


A veces me figuro que estoy enamorado...

A veces me figuro que estoy enamorado,
y es dulce, y es extraño,
aunque, visto por fuera, es estúpido, absurdo.
Las canciones de moda me parecen bonitas,
y me siento tan solo
que por las noches bebo más que de costumbre.
Me ha enamorado Adela, me ha enamorado Marta,
y, alternativamente, Susanita y Carmen,
y, alternativamente, soy feliz y lloro.
No soy muy inteligente, como se comprende,
pero me complace saberme uno de tantos
y en ser vulgarcillo hallo cierto descanso.


Buenos días

(Paz y concierto - 1952-1953)

Son las diez de la mañana.
He desayunado con jugo de naranja,
me he vestido de blanco
y me he ido a pasear y a no hacer nada,
hablando por hablar,
pensando sin pensar, feliz, salvado.

¡Qué revuelo de alegría!
¡Hola, tamarindo!,
¿qué te traes hoy con la brisa?
¡Hola, jilguerillo!
Buenos días, buenos días.
Anuncia con tu canto qué sencilla es la dicha.

Respiro despacito, muy despacio,
pensando con delicia lo que hago,
sintiéndome vivaz en cada fibra,
en la célula explosiva,
en el extremo del más leve cabello.
¡Buenos días, buenos días!

Lo inmediato se exalta. Yo no soy yo y existo,
y el mundo externo existe,
y es hermoso, y es sencillo,
¡Eh, tú, gusanito! También hablo contigo.
¡Buenos días, buenos días!
También tú eres real. Por real, te glorío.

Saludo la blancura
que ha inventado el gladiolo sin saber lo que hacía,
Saludo la desnuda
vibración de los álamos delgados.
Saludo al gran azul como una explosión quieta.
Saludo, muerto el yo, la vida nueva.

Estoy entre los árboles mirando
la mañana, la dicha, la increíble evidencia.
¿Dónde está su secreto?
¡Totalidad hermosa!
Por los otros, en otros, para todos, vacío,
sonrío suspensivo.

Me avergüenza pensar cuánto he mimado
mis penas personales, mi vida de fantasma,
mi terco corazón sobresaltado,
cuando miro esta gloria breve y pura, presente.
Hoy quiero ser un canto,
un canto levantado más allá de mí mismo.

¡Cómo tiemblan las hojas de pequeñitas y nuevas,
las hojitas verdes, las hojitas locas!
De una en una se cuentan
un secreto que luego será amplitud de fronda.
Nadie es nadie: Un murmullo
corre de boca en boca.

Cuando canta un poeta como cantan las hojas,
no es un hombre quien habla.
Cuando canta un poeta no se expresa a sí mismo.
Más que humano es su gozo,
y en él se manifiesta cuando calla.
Comprended lo que digo si digo buenos días.


Carta mortal a Pablo Neruda

Pablo:
En medio de lo oceánico te digo
que no, nos veremos.
Llegó tu invitación un poco tarde
y, ¡quién sabe!, quizá por eso aún vivo.
Llegó con tu amistad y parecía
que igual que años atrás, allá en «Correos»,
al lado de Cibeles, o más tarde,
en Sao Paulo, ¿te acuerdas?, sería todo fácil.
Y mira, cuando estaba ya haciendo mi maleta,
invitado por ti, por los amigos, por un Chile creciente
me llegó la noticia parecía imposible.
Y ahora, ¿cómo explicarte y explicarme a mí mismo
este inmenso desastre, esta absurda tristeza,
esta farsa reinante de Pinochet y los suyos
Pero tú bien sabias de la verdad alzada
que crece sobre todo, desde el fondo del fondo
de ese metal del pueblo que no enterrará nadie.
Y como tú me diste la fe, ya ves, estoy haciendo
otra vez la maleta para volver a Chile.
Pues, ¿quién podrá enterrar la verdad insurgente
la luz que es sólo luz, y el aire que es el aire?
Muy pronto nos veremos. Nos daremos la mano.
Quizá no estés tú allí. Quizá yo esté ya muerto.
No importa. Habrá dos hombres: un vasco y un chileno.

Madrid, 8 febrero 1975


Consejo Mortal

Levanta tu edificio. Planta un árbol.
Combate si eres joven. Y haz el amor, ¡ah, siempre!
Mas no olvides al fin construir con tus triunfos
lo que más necesitas: Una tumba, un refugio.


Cuéntame cómo vives
(Cómo vas muriendo)

Cuéntame cómo vives;
dime sencillamente cómo pasan tus días,
tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
y las confusas olas que te llevan perdido
en la cambiante espuma de un blancor imprevisto.

Cuéntame cómo vives.
Ven a mí, cara a cara;
dime tus mentiras (las mías son peores),
tus resentimientos (yo también los padezco),
y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).

Cuéntame cómo mueres.
Nada tuyo es secreto:
la náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
la locura imprevista de algún instante vivo;
la esperanza que ahonda tercamente el vacío.

Cuéntame cómo mueres,
cómo renuncias —sabio—,
cómo —frívolo— brillas de puro fugitivo,
cómo acabas en nada
y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo.


Dedicatoria final (Función de Amparitxu)

(De "Función de uno, equis, ene", 1973)

Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca!
Muerdes una manzana. Y la manzana existe.
Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo.
Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo,
y me das la manzana mordida que muerdo.
¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso
que -¡basta!- te beso!
                                 ¡Y al diablo los versos,
y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero!
Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,
y aunque sea un disparate todo existe porque existes,
y si irradias, no hay vacío, ni hay razón para el suicidio,
ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo,
y otra vez, gracias a ti, vuelvo a sentirme niño.


Defendamos nuestra vida

Contra el "todo es verdad y es mentira" de Calderón.

Todo es verdad y mentira. Todo es mentira y verdad.
A la vuelta de una esquina, topamos con lo increíble,
y sin pensarlo dos veces, lo llamamos natural.
 
Todo es verdad. Todo es mentira.
Nuestra Historia fabulosa nos cuenta sus mil y un días.
¡Hasta América existía! Y, en corro, cantan las niñas:
«Maravilla, maravilla, que te pongas de rodillas.»
 
Todo es mentira. Todo es verdad.
No hay milagro inverosímil para un español cabal,
ni hay hecho que bien mirado tenga peso sustancial.
Lo pasado es lo pasado. Lo que no ha sido será.
Todo es verdad. Todo es mentira.
 
Un delirio. Un fogonazo. Una aventura. Una prisa.
Un terremoto de absurdos y minúsculos sucesos,
y allá arriba, sin perdones, el cielo azul de Castilla.
 
Todo es mentira. Todo es verdad.
¡Disfraces de fantasía para unos pocos que imperan
y aburridos uniformes para los hombres sin más!
Una danza macabra y un perpetuo carnaval.
 
Todo es verdad. Todo es mentira.
Descarada y luminosa, fabulosa es la alegría,
y la esperanza es un sueño que hay quien prefiere dormir,
pues no hay prisa, nunca hay prisa, si se apuesta a la otra vida.
 
Todo es verdad y mentira. Todo es mentira y verdad.
Pero estos niños callados,
pero estos hombres sin pan,
pero estas madres que lloran
una pena elemental
y unos muertos que están muertos,
esto es real, muy real
y es algo que no podemos
ni aceptar, ni perdonar.
Pues que todo y nada es uno,
hay quien reza: ¡tanto da!,
pero nosotros, erguidos,
tenemos que trabajar
porque nos gritan de cara
el ahora y más acá,
y esta vida es nuestra vida,
y mañana, Dios dirá.


Despedida

Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello,
brillará sin conciencia.
Quizás tú no recuerdes quién fui,
mas en ti suenen los anónimos
versos que un día puse en ciernes.
Quizás no quede nada de mí,
ni una palabra,
ni una de estas palabras
que hoy sueño en el mañana.
Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra,
¡oh hermosamente vivos!
Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo,
parte del gran concierto.


El amor, esa brisa

Pensar en el amor es importante,
sobre todo
cuando no se pasa hambre.
No hablo de la India, no hablo del Vietnam,
aunque vale.
Hablo, amor, de si podremos pagar hoy el pan.
Tendremos pan y vino. Si hoy nos falta dinero,
mañana lo tendremos.
Y somos millonarios de tiempo, tiempo y tiempo.
Como la India, como la China, como el Vietnam,
no tenemos prisa.
¿Y quién es tan valiente que nos venga a cobrar?
Pensemos, por lo tanto, en el amor.
Cuando se puede esperar,
hasta la brisa parece limpia y trascendental.


El cocido

Se discuten principios. Se da por sabido
que uno, al llegar a casa, tendrá su cocido.
Y de dónde sale?
Se afilan las ideas. Se vuelve y se revuelve
lo que sí, lo que no, lo que creo yo.
Y encima, dale,
cuando uno vuelve a casa sigue en la discusión,
y le dice a su mujer: «¿No tenía razón?»
Y el cocido, ¿quién lo hace?


El martillo

Cuando el trabajo, cuando lo cotidiano
nos va y nos va golpeando,
se abandonan los bellos disfraces con que un día
jugamos a inmortales. Y el alma queda en nada.
Y el hombre es sólo humano, repetible, cualquiera,
anónimo y sagrado.
 
Cuando el martillo, cuando lo duro y terco
con tacto y metal seco
ataca destellante, declara hasta la estrella,
claro y seco, sonoro, totalmente inmediato,
lo mínimo y precioso del centro diamantino,
señala en mí el destino.
Dando en el clavo, dando en firme verdades
de claridad constante,
pulveriza implacable la ganga de ideales
y el yo que se inflacciona y espesa gasa a gasa
la opacidad que esconde, durísima, en el fondo,
mi pequeñez más pura.
Dando iracundo, dando a luz con coraje,
me forja mi atacante.
Ya no soy quién con nombre. Ya todo lo doliente
-la sombra que me sigue, la vida que aún me cuento-
trabajado, desnuda su principio intangible:
nadie es nadie si es hombre.
Donde se calla, donde las vidas mudas
fielmente se permutan
y dan una por otra continuo testimonio
de aliento sostenido, de corazón perpetuo,
yo pongo mis pequeñas palabras para todos
y una esperanza en alto.
 
Donde los días, donde lo lento y largo,
cuenta a cuenta es rezado,
nacido para amar, para morir, aún canto
y apenas perceptible mi voz corre en el fondo
del mundo que sí existe, y es fugaz, y es hermoso.
Soy, perdido, un amante.
 
Canto la muerte. Canto, libre de engaños,
los días y trabajos,
los oficios humildes que rezan los obreros,
la dureza consciente, los héroes cotidianos,
los hombres que se siguen sin alzar la cabeza,
sin bajarla tampoco.
 
Manda, martillo. Manda, aunque me duelas.
Levanta en mí la estrella.
Contra mí mismo lucho cuando busco ese estado
de radiante conciencia, de humildad trascendente,
y esa luz sin materia ni yo central clamante
de un dolor bien tallado.
 
Manda, implacable. Manda tú, necesario.
Fórmame con tu rayo.
El aire es un halago cuando muevo los brazos
transporto sin sentarme lo que otros  me entregaron
me olvido de mi mismo, tomo y doy -iah!- respiro.
 Soy mortal; soy activo.
 
Duro es mi tiempo. Duro y ciego es mi mundo.
Mas yo seré más duro,
golpeando sin odio, martillando verdades
necesarias, sagradas, salvadores, terribles
como un amor oculto que al fin dice su nombre,
resulta ser combate.
Duro es el sino. Duro, el vivir abrupto.
Duro es también el puño
donde estoy apretando, y ocultando, y formando,
mi voluntad, mi furia, mi decisión de entrega
y el valor de ser hombre.
 
Contra lo vago, contra lo dulce y triste
que en lo ancho me desvive
y en el agua sin forma de lo total irisa
una leve sonrisa, quizá melancolía,
propongo estrictamente, con una rabia heroica,
lo claro, amargo y frío.
 
Contra lo blando, contra los mil perdones,
hoy mato corazones.
Soy la luz y el martillo, soy el terco trabajo
de los hombres cualquiera, y ese motor sin pausa
que afirma y más afirma, golpe a golpe labrando
la estatua colectiva.
 
¡Pobre de ti! ¡Pobre de mi, que a veces,
como tú, siento fiebre.
agiganto mi pulso, me imagino que siempre
durarán por intensos mis mínimos instantes,
lo mío y solo mío, lo ineludible y loco
del verso que ahora apuesto!

¡Pobre de mí! ¡Pobres de los que, pobres,
lloramos los sudores,
creyéndonos divinos, gota a gota acabando
en esa cristalina verdad que transparenta
lo mucho que debemos, lo poco que valemos,
la nada de los nombres!
 
Canta, martillo. Canta tú hasta matarme.
Contra mí, sé constante,
hasta hacerme y hacerme notar qué poco importo,
y hacerme ver qué poco soy si soy quien se explica,
y cómo cuanto existe se vuelve en mí plausible,
y es en mí, sin yo, vida.
 
Canta, martillo. Canta claro verdades.
Canta lo irremediable.
He abrazado el difícil destino que me cumple.
Soy como tú. Soy nadie. Soy un hombre clavado.
Mas no cejes, martillo, por mucho que me queje.
Sé mi estampa fulgente.


El último recurso

En los malos momentos, no os pongáis a llorar,
porque os harán callar
con la limosnita de un poco de pan.
 
En los malos momentos, decid que no entendéis.
Y tras escuchar,
decid, porque es verdad, que seguís sin entender.
 
Cuando os digan: «Caridad», vosotros decid: «Justicia»,
porque pedís lo que es vuestro,
no descanso de conciencia para los que dormitan.
 
Cuando os digan que el problema va a estudiarse,
salid gritando a la calle
las razones que los justos llamarán irracionales.


En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata

En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.
La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
Con su nimbo de silencio
pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
pasan como quien suspira,
pasan entre los hielos transparentes y verdes.

Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
sobre los cuerpos blanquísimos del frío.

En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.

Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
el momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
el momento en que por fin todo parece posible.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.

Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
el silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
Decidme lo que habéis visto.
En el fondo de la noche
hay un escalofrío de cuerpos ateridos.


Epílogo

Y al fin reina el silencio.
Pues siempre, aún sin quererlo,
guardamos un secreto.


Eespaña en marcha

(De "Cantos iberos", 1955)

Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

No vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle!, que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

No reniego de mi origen,
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

No quiero justificarte
como haría un leguleyo.
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.


Euzkadi

Los vascos vamos andando
y pensando.
Cuanto más nos atropellan,
más callamos.
¡Y hay que Ver cuánto pensamos
si no hablamos!
A veces, juntos, cantamos,
nos alzamos,
y nos extraña el silencio
en que estamos.
Nuestra pena, ¿es sólo nuestra?
¿Somos raros?
¿No es de todos nuestra ofensa,
hermano?
Una fuerza, otra provoca
más en alto;
una es verdad, y otra insulto
declarado.
No pondré mi otra mejilla,
golpeado,
proclamaré lo que es justo,
digno y claro,
y si a tanto nos provocan
con las armas en la mano
convocaré, pues luchamos
por lo bueno, justo y sano.


Gernikako Arbola
(El Árbol de Guernica)

 Era en la primavera del año treinta y siete
cuando llegué a Guernica.
Allí se fabricaban boquillas de careta
anti-gas. Yo debía
- servicio de inspección- ver qué diablos pasaba
o qué no funcionaba.
Allí, en Guernica, estaban las fuerzas guipuzcoanas
nuevas, y yo debía
- servicio de instrucción- enseñarles la humana
protección que es posible cuando con gas atacan.
Todo me parecía remoto. Aunque cumplía
lo debido, imposible
era pensar que nadie lanzase tal ataque.
El frente estaba lejos. Brillaba el cielo indemne.
Y todo hay que decirlo:
hacía mucho tiempo que no comía cordero,
ni comía pan blanco, como allí, en retaguardia.
¡Parecía tan fácil la paz! No se entendían
la ira y la mentira.
A veces visitaba nuestro árbol de Guernica,
y miraba el azul,
un azul que duró todos aquellos días,
un ancho azul tranquilo que nada parecía
podría perturbar, marzo querido.
¡Ay, quién diría
que a poco de marcharme zumbaría en el cielo,
en ese mismo cielo que parecía indemne,
limpio de mancha y leve,
el horror de una muerte mecánica y salvaje!
¡Ay, quién diría!
¡Ay, dilo tú si puedes, Gernikako Arbola,
dilo con tu raíz, tus ramas y tus niños,
dilo si eso es posible,
di con la libertad de los vascos antiguos,
con el temblor de fronda que cubre el país entero
y dice lo que somos, diciendo lo que fuimos!
¡Ay, si es posible, dilo!


Hablo con Amparo

Amparo, ya atardece, ¿y qué hemos conseguido?
Es cierto que aún seguimos donde siempre, luchando
que aún dura la alegría como algo sin sentido,
y otros, cuando cedemos, nos siguen levantando.
 
Campesinos del Sur, obreros guipuzcoanos,
en vosotros saludo una España que avanza.
Muchachas, estudiantes, mineros asturianos,
con vosotros apuntan la luz y la esperanza.
 
Perdonad si mi canto no os acompaña más.
Perdonad si no ensalzo todo lo que ya dora.
Mi voz va enronqueciendo, pero vivo, detrás,
escucho cómo cantan los gallos en la aurora.


Instancia

Etceterísimo Señor:
Yo, Gabriel Celaya, aspirante a poeta,
que pase lo que pase siempre estoy donde estoy,
visto su tal y cual del tantos y adelante,
le digo a usted que no.
 
Confieso que he clamado mi verdad hasta en verso,
mas también Don Quijote dijo: «Yo soy quien soy»,
y al ser era un «nosotros», y al decir, se cumplía,
y al hacernos, se hacía, como en él me hago yo.
Soy sin remedio español.
 
Soy humilde, soy digno, las dos cosas a la vez.
Soy como el pueblo, invencible.
Suplico en consecuencia, Señor, que no me acuse
si aún hace tanto ruido mi viejo corazón.
Esa explosión que le asusta, sólo es un grito de amor.
 
Dios le coja confesado. Yo ya di el «sanscacabó»;
mas, por si acaso, aún disparo mi sagrada indignación.
Fecho y firmo en tierra vasca con la sangre de Unamuno,
con lo uno que es lo humano de un unánime clamor,
y suplico a Vuestra Eso: ¡déjeme ser español!


Justicia elemental

Considerando en serio que a unos les faltan dientes
que a otros les faltan uñas
y que, en general,
la vesícula biliar
les duele a los millonarios y es un lujo mortal,
cambiemos el régimen, seamos racionales:
que los que tengan dientes, muerdan;
que los que tengan uñas, arañen a rabiar,
y que, en general,
el champán y la vesícula biliar
sean un patrimonio de toda la humanidad.


La falsa Paz

Peor que la guerra, ¿Qué?
¡La paz, la paz!
Esa paz que suena a tiro
y que mata sin alarma.
¡Paz, paz, paz
!


La irracional alegría

(De "Poemas órficos", 1978)

En la mañana clara, la risa de los dioses
retumba como un trueno.
El toro subterráneo levanta la cabeza
y los árboles tiemblan millonarios de hojas.

Tempestad transparente. ¡Azul! Y de repente
una leve sonrisa femenina, perdida,
condena al silencio los grandes poderes,
y parece que algo dice.
                                   Pero no dice nada.


La poesía es un arma cargada de futuro

(De "Cantos iberos", 1955)

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades:

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: Poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: Lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.


La pura verdad

Los ciudadanos equis,
los honrados tenderos,
los amigos del alma,
la portera, el banquero,
no pueden perdonarnos
el loco sentimiento:
tu belleza, mi risa,
nuestro pronunciamiento.
No lo entienden. Nos miran
y se cuentan los dedos.
Se dicen: «Están locos.»
Casi les damos miedo.
Veo.
 
La Policía, Dios,
la fuerza del dinero,
las leyes del rebaño
nos exigen respeto.
La dicha es una falta
o es quizás un exceso.
La alegría es locura
y escándalo, el deso,
reza un run-run que suena
a onceno mandamiento.
 
No se debe, ni puede
tomar por luz el fuego.
Veo.
 
¿Qué podría decirles?
Solamente que quiero.
Quiero, libre mancha,
la luz del mundo entero,
el éxtasis y el aire,
la destrucción del tiempo.
Quiero un amor, el mío.
Quiero seguir queriendo.
Quiero, pero -¡miseria!-
queriendo así, ¿qué puedo?
Los ciudadanos equis
no sienten lo que siento. Pero...
 
Pero, feliz, yo quiero.


La vida, ahí fuera

(De "Poemas órficos", 1978)

Esa vida que no es mía y me rodea,
el misterio de la muerte, lo que llamamos la muerte
y el misterio de la vida siempre abierta,
lo que llamamos la vida
en el árbol, en las nubes y en el agua,
y en el viento y en el mundo que es quien es sin ser humano,
y en la inmensa transparencia que no se dice, se muestra
en eso que busqué tanto y ahora encuentro regresando:
La infancia, quizá, la infancia, nuestro final seguro,
nuestro cuento, nuestro canto, nuestra mágica conciencia:
El total de lo sin fin y de la vida abierta.


La vida es tan sencilla

La vida es tan sencilla que se explica por sí misma,
se basta a sí misma.
¡Mira! Todo está hecho.
Todo está ya dado.
Nos basta aceptar o quizá -somos humanos-
alabar y cantar a lo
que nos maquina sin dejarse pensar.
Todo está aquí.
¿No lo ves? No hay razón ni más allá.
¡Somos felices!
Vivimos los instantes explosivos de alegría o de dolor,
de rabia o de amor,
y si no es que estamos distraídos, aburridos.
No hay nada que esperar.
No hay nada que temer.
También la muerte llegará cuando
nos sea fielmente necesaria y
la recibiremos con verdadera ansia.
Desde que nacimos nos estamos
preparando para que nos consuma.


Lo importante

Los que comen y beben
piensan en su casa.
Los que no, les importunan
porque rabian y más rabian.
¿Son idiotas? ¿No comprenden
que Sartre tiene su importancia?
Mucha más que esa gentuza
muerta de hambre que pasa.
Los que digo, no responden.
Andan robando manzanas
pese a Sartre y a su importancia.


Los espejos transparentes

(De "Los espejos transparentes", 1967)

Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan: transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo;
en toda imagen apunta una múltiple presencia,
palpitante intermitencia del corazón: confusión;
y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,
como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.
Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.


Mensajes

I

¡Qué alegre es este ritmo del trabajo!
¡Qué pura su insistencia franqueada!
¡Qué nobles estos hombres mal vestidos,
mal pagados, maltrechos, mas altivos
que sin vida interior y sin remilgos
construyen confiados nuestro mundo!
Quien no sepa por qué se esfuerzan tensos,
quien no entienda por qué cantan muriendo,
debería callar avergonzado.
Quien habla de tristeza está en pecado.
Quien pierde pie en la angustia no es un hombre.
Las últimas preguntas son infames
enredos de un vicioso introvertido.
Quien crea, siempre crea sin razones,
triunfalmente azaroso y atrevido,
normalmente inventiva y valeroso,
sano, brusco y alegre, fuerte y simple,
feliz si se detiene y, respirando,
advierte que con él respiran todos;
glorioso cuando inspira y, aplicado,
su esfuerzo se acompasa al de los otros;
colmado si le apoyan: ¡bravo, dale!,
oscuros compañeros de trabajo;
no humillado si es que estos le superan;
sostenido por todos, sosteniendo
lo bello general, lo bien logrado.

II

 Es útil el amor; es colectivo
y activo el fundamento atesorado.
En él pongo mis pies; en él me afirmo;
por él y para él soy un destino.
A todos los que, aislados, resentidos,
se atormentan y dudan, consideran
el cómo, y el porqué, y el hasta cuándo,
y el último sentido de sus actos,
a todos los que crean intervalos,
se miran a sí mismos desde lejos
y quedan, pensativos, en suspenso,
les digo que la vida es vida en marcha,
se responde a sí misma si camina,
se pudre si se para interrogando.
Aunque muchos se dan por derrotados,
aunque es desesperado nuestro orgullo
y bárbaro el exceso que agitamos,
aunque ser desdeñoso y hasta duro,
chocar diente con luz, hueso con cifra,
sentir hasta la muerte cristalina
que pues uno no es todo, el mundo es nada,
invita a despreciar cualquier promesa,
yo anuncio el porvenir de la alegría,
la vida que adelanta a todo evento,
la explosiva simiente esparramada
y el gozo de existir edificando.
Saludo al maquinista y al minero.
Saludo al albañil. Saludo al hombre.
Saludo al conductor y al conducido.
Saludo al funcionario y al obrero.
Saludo al campesino que rotura,
de acuerdo con la máquina y los astros,
la tierra femenina y sustanciosa
de anónimo pasado en lo pasivo.
Saludo al oficiante y a su oficio.
Yo exhalo los transportes generosos.
Yo soy lo natural; yo, la justicia;
yo, el fiel de la balanza de la anchura.
Los hombres de uno en uno no son nadie.
Tan solo al ser en otros nos hallamos,
respiramos tranquilos, descansamos.

III

¡Arriba, camaradas,
saludad la alegría!
Los hombres se levantan, edifican
en el mundo otro mundo a su medida.
Obras son sus amores, y justicia
matemática su arma constructiva.
Pequeño es nuestro reino, pero es nuestro
y en él nos descubrimos con sentido,
trabajamos humildes y contentos,
construimos con gloria lo concreto.
No existe un más allá de este dominio.
Existimos nosotros, cotidianos,
y existe bajo un cielo indiferente
el mundo que inventándonos creamos.
Lo demás, inhumano, es un misterio.
Lo demás es vacío.
Lo demás es silencio.


Momentos felices

(De "De claro en claro", 1956)

Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
--el pitillo en los labios, el alma disponible--
y les hablo a los niños o me voy  con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro --sé que todo es fiado--,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
"Estaba justamente pensando en ir a verte."
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?


¡Muchas gracias, cubanos!

Cuando la Sexta Flota mancilla puertos,
pienso en Cuba.
Cuando los reactores yankis nos petardean,
pienso en Cuba
Cuando los invasores nos denuncian por rojos, pienso en Cuba.
Porque el pueblo cubano da aliento a la esperanza,
creo en España.
Porque Fidel recorre siglos en un minuto,
creo en España.
Porque todo es posible si el corazón se alza,
creo en España.
¡Camaradas de Cuba, muchas gracias!


Niñez sonámbula

(De "Los espejos transparentes", 1967)

Era una casa grande, vacía, llena de ecos,
con veinte ventanales abiertos hacia el mar.
Y el mar sonaba triste contra el acantilado
como el destino sueña y acaba por matar.
Era una casa rara porque nada pasaba
y siempre parecía que algo iba a pasar.
Era una casa loca como aquella en que, niño,
según ahora me explican, nunca llegué a vivir,
pero que yo recorro, sabiendo los secretos
de sus cien corredores y sus puertas ocultas,
sus vueltas y revueltas, sus cámaras cargadas
de perfumes pesados y de un pasado horror
que todas las ventanas abiertas hacia un mar
de luz y de aventura, y disponibilidad,
no barren con su brisa, ni liberan del ¡ay!
Era una casa antigua. Y triste sin razón.
Allí viví de niño, y allí vivo de veras
por mucho que me nieguen. Y así, ciego, atravieso
los pasillos sin fin y las salas vacías,
y esas puertas que empujo para abrir otras salas,
todas ricas, lujosas, con sus tapicerías,
relojes, porcelanas, cortinas y recuerdos.
Todas eran iguales, repetidas, abiertas,
la rosa y la morada, la del león de oro,
la del abuelo Juan... ¿En qué se distinguían?
Yo abría puertas, puertas, buscando una salida,
lloraba algunas veces sin saber bien por qué,
y huía como un ciervo frente a aquella doncella
que me decía amable: "¿Qué quiere el señorito?"
Huir, huir, mi vida sólo ha sido una huida
sin saber hacia dónde y sin saber por qué.
Huir de aquella casa donde viví de niño,
aunque según me dicen nunca viví de veras.
No es un sueño. No. Veo oculto y real
a ese niño que mira con ojos espantados
detrás de una ventana, la mar, el mar, la mar.


Noticias de la última Guerra

Matar es un negocio.
Cuando en Vietnam parece posible un armisticio,
Hay baja en Wall Street,
y se arruinan los que tienen aún algo que perder;
mas, falsa alarma, todo vuelve a subir y subir.
las acciones y los precios
(no los salarios, es claro, que amenazan inflación).
Matar, eso es lo bueno.
1,o que lleva la vida al cielo,
lo que extirpa el peligro de los amarillos,
de los negros,
de los perros,
de los miedos
de las chicas de Boston con sus abanicos
y con cola,
que están un poco enfadadas porque nadie
las viola. En vista de lo cual,
porque la chica es feúcha
o bien bajan las acciones de papá,
hay que provocar al negro para que viole a las rubias,
y en Vietnam hay que matar.
¡Es el honor de la patria, claro está!


Parábola

Cuando Shanti pensó, lleno de mil razones:
«El patrón debe entenderme», se explicó. Y le expulsaron.
El patrón no entendía de verdad sus razones.
Y Shanti no entendió por qué no le entendía.
Cuando Li-Piao le dijo a Piao-Li: "¿Cómo debo
corregir este texto que llevo al gran examen?»,
Piao-Li dijo a Li-Piao: «Si yo fuera tú,
nunca hubiera dudado. Vas a ser rechazado"
Li-Piao cayó en desgracia y Shanti fue expulsado.
Su error fue un mismo error: buscaron lo absoluto.
No hay razones eternas, ni hay verdad objetiva,
ni hay patrón-mandarín sin sentido de clase.


Pese a todo

Andando, según se anda,
yo tropiezo.
Pero si me paro y pienso,
¡cuántos pájaros me envuelven con sus alas!
Hay que seguir, pensamiento,
vida y vuelo.
Hay que crear esa vida
que ahora nos parece un cuento.
Andando, según se anda,
yo me invento.
Y ante el inmenso silencio,
hago real lo que creo.
 
Ante el no sé qué suspenso,
me quedo quieto;
ante el mundo sin respuesta,
soy la pura violencia.


Por de pronto, esto

Lo primero es respirar.
Lo segundo es comer.
Lo tercero es andar.
Andar por andar,
pues ¿sabe usted adónde va?

Comer por comer,
¿o es que no quiere seguir?
Respirar por respirar,
¿o es que quiere usted morirse?
Lo normal es vivir,
y respirar, y andar,
y a ratos sueltos, pensar.


Primeras materias iberas

(De "Iberia sumergida", 1978)

El esparto, la sal, el granito,
lo estrictamente seco, lo ardientemente blanco,
la furia indivisible en la luz absoluta
de un sol por todo lo alto y un espacio vacío.

Las piedras abrasivas y la cal deslumbrada.
El cuarzo y su explosión de estrellas diminutas
metidas en los dentros de lo que no se explica.
Y el explendor del mundo carente de sentido.

Aquí, en los dentros, roca, luz, furia, sequedades,
detalles violentos y a veces luminosos;
y el tejido del aire, los temblores del lino
entre los leves dedos de una brisa insinuante.

Lo digo, y al decirlo, recuerdo cuentas, cuentos
que Plinio registró con nombres sustanciales:
la bellota, la arcilla, la encina y el arrabio,
el vino y el calcanto, la pizarra y la cera,

el escombro, el electro, la plata viva ardiente,
el deslizado aceite, el plomo negro o blanco,
el cárbaso, los higos, la cebolla albarrana,
la sal en bloque, el agua mineral y el conejo.

La luz de los metales: sus encuentros sagrados
y en la noche, enterradas, sus mil aguas quemantes,
y ese furor del oro, rojo león llameante,
y ese azul de aire ardiente, duro esplendor parado.

¡Furias! ¡Dominaciones! ¡Dioses devoradores!
¡Velocidades ciegas! Y de pronto, ante el sol,
un grito alucinado que gira sobre sí,
que puede, que podría ser no se sabe qué.


¿Qué puede uno?

No cumplí cuanto debía.
Me arrepiento.
Es difícil olvidar, no quién es uno,
sino andar sin epicentro. Yo recuerdo...
¡Ay, todos recordamos y creemos
que un momento feliz puede salvarnos!
No, nunca se dirá cuán poco importa
el caso personal, el yo transeúnte
si es que amamos.
Hablo de Asturias, hablo de unos hombres
furiosos y amorosos,
y, humilde, les invoco porque creo:
Creo en la dignidad y en el trabajo;
creo en el hombre alzado;
creo en lo insuficiente disparado
con honor y dolor
hasta el hecho bien parado y, fiel, clavado.
No cumplí lo que debía. No he cumplido.
Pero en los años terribles del silencio,
yo hablaba.
¿Y quién hablaba entonces?
Dada miedo.
Yo hablaba, sin embargo.
Daba, miedo.
Antes de lo posible y lo imposible,
mucho antes de esta Asturias, yo hablaba,
cuando el verso nada significaba
y sin embargo, anunciaba,
y el corazón, el ser, esto que estamos viendo
y nos rompe, luchaba ya, exigiendo
algo contra el estúpido silencio.
Yo hablaba.
Perdonadme si ahora me faltan ya palabras.
Porque estoy con vosotros
y aunque un poco roto, más que viejo, furioso.


Se habla de Dios

No hablamos de problemas
Hablamos de dinero.
No hablamos de dinero.
Hablamos de salarios.
No hablamos de salarios.
Hablamos por lo bajo
de lo que llaman alto.
 
¡Dios!
 
Por ejemplo: hay que comer.
Mas comer mal no nos basta.
Por ejemplo: hay que dormir.
Mas dormir solos no basta,
porque vienen los rebaños
de ideas amontonadas.
Y piensa que piensa, ¡y vaya!
 
 ¡Dios!
 
Pero comer y dormir,
pero revolver la vida,
pero vivir por las buenas
según mi amor, bien agita,
es remover todo el mundo
por lo grande, con la chica,
y alterar lo que dormita.
 
¡Dios!
 
Hoy, pensando con dolor,
yo me pregunto por Dios.
¿Es un lírico recurso
con puntos de admiración?
Y si va, y luego resulta
que tiene una solución.
Y si es así, ¿a qué el suspense?
 
¡Dios!


Sin comentarios

He pensado: Un poema no debe de ser vago.
Si quiero que funcione debe de ser exacto.
Entonces no he cantado, he contado
de uno en uno los muertos que llevamos.
Me he sentado ante mi mesa, y he apuntado
sus nombres y apellidos. Sin comentarios.
Al llegar al noveno ya estaba llorando
pero hacia dentro. Sin comentarios.
Veintidós, veintitrés y veinticuatro.
La rabia me retorcía. Las lágrimas corrían.
Pero había que tragarlas. Sin comentarios.
Treinta y tres. Treinta y cuatro.
¿Se pueden llevar más lejos el dolor y el espanto?
He tirado mi boli. He suspirado pensando:
Cumplí lo que podía. Mi poema ha terminado.
Y entonces un amigo me ha anunciado
que acaban de matar al treinta y ¿cuántos?


Sol oculto

Hay muchos problemas.
Hay muchos caminos.
Hay muchos partidos.
Pero el hambre que es hambre,
y no de justicia,
borra ciertos distingos.
Hay un hambre de, pan.
Hay un hambre real.
Hay un hambre mortal.
Pero el hombre que es hombre
mantiene su dignidad y defiende la paz.
¿Y qué sostiene a esos hombres?
¿Qué enorgullece a los pobres?
¿Y qué erigen con sus nombres
salvo andrajos del pasado?
Quienes bien baten el cobre,
en la tierra encuentran soles.


Todas las mañanas, cuando leo el periódico

Me asomo a mi agujero pequeñito.
Fuera suena el mundo, sus números, su prisa,
sus furias que dan a una su zumba y su lamento.
Y escucho. No lo entiendo.
Los hombres amarillos, los negros o los blancos,
la Bolsa, las escuadras, los partidos, la guerra:
largas filas de hombres cayendo de uno en uno.
Los cuento. No lo entiendo.
Levantan sus banderas, sus sonrisas, sus dientes,
y una belleza ofrece su sexo a la violencia.
sus tanques, su avaricia, sus cálculos, sus vientres
Lo veo. No lo creo.
Yo tengo mi agujero oscuro y calentito,
Si miro hacia lo alto, veo un poco de cielo.
Puedo dormir, comer, soñar con Dios, rascarme.
El resto no lo entiendo.


Todo está por inventar

¡Camaradas!,
salvemos las distancias,
venzamos las nostalgias.
Nuestras manos obreras, todos a una,
darán forma a la esperanza.
 
Hay que creer, resurgir.
La España de que sufrimos fue una historia mal contada,
no su verdad hasta el fin.
Hoy me siento tan cargado de secretos no explotados,
que domino el porvenir.
Todo está por hacer, por inventar y alegrar, por nacer.
Hay que volver a empezar
y descubrir como nueva la explosión primaveral.
¡Camaradas!,
dejémonos de canciones que suenan a más llorar.
Aquí no ha pasado nada
y si pasó, no hay que hablar.
Todo está por inventar.

Cuando luchamos, creamos,
somos de veras quien somos palpitando cara al cielo,
somos pura actividad,
y al cantar,
cantemos lo que cantemos, cantamos la libertad.
 
Cantamos como españoles,
ancho el mundo, libre el alma,
porque tenemos coraje para nuevas invenciones.
No somos los hierofantes de unas mansas tradiciones.
Somos hombres propulsores.
¡Basta ya de recordar!
Lo que importa del pasado se ha hecho sangre en nuestro cuerpo.
Lo tenemos sin pensar.
Y al echarnos adelante
somos, por ser tan de veras, españoles y algo más.
¡Camaradas!,
abandonarse no es paz.
Sólo son buenos los sueños del que sabe despertar,
sobresaltarse, luchar,
y atreverse a la aventura del «mañana, Dios dirá».
 
Todo está por inventar,
por descubrir desde el centro de su gozo germinal,
por levantar, por nombrar
con su nombre más sencillo, más imprevisto, más justo,
más fieramente real.
 
¡Camaradas!,
nuestra lucha es eficaz.
Vencedores o vencidos, salvamos la libertad,
la dignidad de ser hombres,
la alegría del mañana, la juventud natural.
 
¿Quién dijo que España es vieja si aún está por estrenar?
¿Qué me importan quince siglos?
Yo arranco de mis principios iberos y apunto a más.
Nadie ha dicho todavía lo realmente real.
¡Camaradas, a luchar!
No nos gusta lo que fuimos. No queremos
vivir solo de recuerdos que nos tiran ¡saca atrás.
Resistamos la resaca. Declaremos lo puntual.
Sacudiéndonos el polvo de la Historia,
volvamos al más acá.
Todo está por inventar.
Todo en España es anuncio.
Todo es semilla cargada de alegría floreal.
Todo, impulso hacia un mañana
que podemos y debemos dar a luz y hacer real.


Todos a una

Cada vez que muere un hombre,
todos morimos un poco, nos sentimos como un golpe
del corazón revulsivo que se crece ante el peligro
y entre espasmos recompone
la perpetua primavera con sus altas rebeliones.

Somos millones. Formamos
la unidad de la esperanza.
Lo sabemos. Y el saberlo
nos hace fuertes; nos salva.

Nos sentimos como un golpe
que sin brotar se ha quedado temblorosamente en vilo.
Nos sentimos sin sentirnos,
fabulosamente dulces, dolorosamente ciertos.
Nos sentimos un nosotros. Palpitamos colectivos.

Corazón, corazón,
dulce sol interior,
me iluminas, me envuelves:
soy más de lo que soy.

Cada vez que un combatiente
se desangra, con su sangre derramada yo hago versos,
canto y muero en él creciendo,
digo quién soy, quiénes somos, quién en nosotros, invicto,
testimonia lo perpetuo, sopla espíritu en el fuego.

Yo resucito en los muertos
si los siento en camarada,
y ellos en mí, yo con ellos
permanezca y canto. ¡Canta!

Allá lejos, ¿quién me espera?
Aquí al lado, ¿quién me pide simplemente una mirada
tan terrible, tan difícil
como dar cara diciendo que -perdón- no pasa nada?
Mas le miro y en mis ojos devorantes hay mañana.

Nos alzamos uno en otro.
Somos quien somos: varones
tan seguros de sí mismos
que renuncian a su nombre.

Cada vez que siento en vivo
mi corazón, me pregunto quién me exige más conciencia,
me pregunto quién me llama
o, con alarma, ¿qué pasa?
Mas no pasa, siempre queda y es la unidad que en mí canta.

¿Quién se atreve a condenarnos?
Somos millones, millones.
Somos la luz que se extiende.
¡Miradnos! Somos el hombre.


Una pareja perdida

Iban los dos vestidos con descaro
-minifalda, melenas-
cogidos de la mano,
tan jóvenes que casi daban miedo,
tan absortos en un cero que,
aunque no se veían,
les unía absolutos algo fieramente puro.
Iban a cualquier parte cogidos de la mano.
Se amaban sin tristeza,
ni alegría, ni nada.
Y a veces se miraban,
pero no se veían.
Y luego se sentaban en un banco cualquiera.
Pero no se veían.
Ella era muy bonita;
parecía aturdida;
él, feroz y esmirriado.
No hablaban.
No tenían ya nada que decirse.
Ya no se deseaban.
Pero seguían juntos,
cogidos de la mano,
frente a algo que espantaba.


Ven, Miguel

Han llamado a la puerta, y no, no era Miguel
tampoco esta vez. ¿Por qué no viene, por qué
es imposible que venga? Le estoy esperando siempre
para hablar como tan sólo podría hablar con él.
¡Le necesito tanto! Porque él resolvería
con un solo zarpazo lo que no logro entender.
Han cambiado los tiempos, ¡vaya si lo sé!,
y ahora está tan de moda jugar al ajedrez
que añoro aquella furia solar y aquel tajante
distinguir al ibero toro del manso buey.
Barajo y más barajo sus versos abrasados
mas su verdad radiante despierta aún más mi sed
de tenerle aquí al lado, para luchar, y ser.


Yo estoy con el Che, ¿y usted?

El enjambre del pueblo. La explosión del sol.
La luz organizada de las guerrillas, Che.
Tu ejemplo está estampando miles de combatientes:
la columna vertebral de tu América, Che.
Vamos a convertir el odio en energía:
Las miríadas de minúsculos en una tromba, Che.
«Siempre se puede más», nos recuerda Fidel.
«Listos para la muerte. Listos para vencer», Che.
Porque el sueño fue un buen sueño
como un muerto levantado con los vivos vives, Che.
En las entrañas del pueblo, descubriéndole la luz
y haciéndole ser más quien es, tú, Che.
Yo estoy con el Che, ¿y usted? Claro que sí, que no al yes.
¡Que viva el Che nunca muerto! ¡Que viva en su luz Fidel!