I
Dichoso el campesino, que ara y lanza,
Y al mismo tiempo canta con reposo,
el grano volandero y provechoso,
propósito final de la labranza.
Que aunque a un tiempo de mucha destemplanza
sucede otro aún menos lluvioso
dentro del pensamiento caviloso
siempre le queda un algo de esperanza.
Desgraciado de mí, que no me queda
no ya un algo, ni mi nada miserable
que en la esperanza porfiar me haga:
Desesperado y sin alivio, rueda
esta pena de brote inagotable,
esta vida tristísima de llaga.
II
¿Quién no ve en la presencia de
un testigo
de la espuma y el mar en el salero?
¿En qué gran cantidad no se halla un cero?
Sin alabar a Dios ¿quién trilla el trigo?
¿Qué rosa nace sin contar contigo?
¿Quién no pone el reparo de algún pero
al aire de la flor del limonero
cuando sabe del aire que persigo?
Nadie piensa en María sin pensarte,
si alguien dice: ¡Jesús!, es sólo al verte,
todo el que grita: ¡miel!, libo tu mano.
Malherida la luz de parte a parte
anda sin ti, tocado yo de muerte,
todos alicaídos, nadie sano
III
De amor penadas se alicaen las flores,
se agriendulzan de tierra los arados,
y balan malheridos los ganados,
y vagan semiciegos los pastores.
Perniquiebran sus cumbres de temblores
las palmeras de cuellos sublunados,
y esquivamente solos, maparados,
boquiabren pecho y voz los ruy-señores.
Penado voy de amor, y alicaído,
por esta bendición de aires y aulagas,
como cordero cojo, me rezago.
Más triste y requirente que un balido,
en ti busco el alivio de mis llagas
y cuanto más lo busco, más me llago.
IV
¡La luz, la luz, la luz en la montaña!;
la luz, la luz, la luz en la ladera;
ni la estorba una fronda ni la altera
ni el leve movimiento de una caña.
¡Con cuanta precisión y cuánta saña
la luz da en el perfil de la cumbrera!
¡Ay, si sobre el perfil ilustre viera
el perfil que mis noches acompaña.
Se le ven el primor y el pormenor,
el pórfido y el mármol arriesgado
donde la pena de mi amor sestea.
La luz, la luz, la luz: ¡qué alrededor
del monte más brillante y sosegado...!
Ni mi amor, ni mi pena, se menea.
V
Sólo faltaba el aire de esta día
donde tanta luz reina y tanto cielo,
la de un florido y viejo terciopelo
casi argentado y casi en la agonía.
Lo ha desplegado en paz y en armonía
el plumaje de un lilio sobre el suelo,
más fino que en su sombra y que su anhelo
con una sencillez sin compañía.
Rostriazul, cabizbajo, boquiabierto,
de oriámbares cebrados, ¡con qué tacto!,
los párpados de olor de su hermosura,
sólo falta que vengas a mi huerto
y digas: ¡lilio!, amor, para en el acto
ser toda la creación lilial de pura